lunes, 6 de febrero de 2017

ESTUDIO por Diego Espejo de la Torre



-Nadie…

Las sílabas le llegaban envueltas en el celofán del jazmín, en el aroma redundante de la dama de noche. Mis manos sostenían la rotunda desnudez de los pechos. En la alcoba, un roce que se prolongaba más allá de la ventana donde moría lentamente el ocaso de junio.

-Nadie…

Hablaba con una voz de aceite antiguo, como si esa palabra fuera una veladura que, al repetirse en los trazos de la letanía, impregnara el lienzo transparente y pesado del aire. Mi boca buscaba las cimas tiernas y rosas, esas flores que me dañarían para siempre en cuanto me cabalgara con un ritmo horizontal que arañaba mi pecho con sus pezones.

-Nadie…

Dejaba los puntos suspensivos colgados del calor que nos apretaba con una humedad de siglos. Sus muslos eran un pantano abierto, una ciénaga que olía a gloria. Mis dedos se enredaban en la nebulosa trágica de su pelo. La sangre estaba a punto de reventarme los adentros. Entonces ella explotó como sólo puede hacerlo un átomo descarriado. Al caer sobre la almohada, la frase se completó como un puzzle harto de sus huecos.

-Nadie ha llegado donde tú llegas.

Y repitió el mantra para que yo me deshiciera en la lava blanca que la inundó por dentro.
-Nadie…