lunes, 30 de diciembre de 2013

FIN DE AÑO

Sólo por una vez decidió olvidarse del tiempo, aunque el tiempo lo persiguiera. Sólo por una vez se olvidó de contar que las cuentas están reñidas con los placeres. Sólo por una vez se detuvo en paladear cada momento, que no fue un momento, ni un instante, ni un tañido de campana sino una eternidad llena de prórrogas. Sólo por una vez agradeció el calor que envolvía a cada uno de esos placeres que su lengua fue paladeando, la suavidad que le acariciaba su rostro a uno y otro lado, el misterio de lo que le esperaba tras el eterno festín. Sólo por una vez, una vez eterna, agradeció el líquido posterior a la ingesta, sólo por una vez le agradó su amargor, sólo por una vez le gustó aquella temperatura tibia que no estaba en ningún manual ni protocolo. Sólo por una vez agradeció que ella llegara al final antes que él y que su gemido ahogara al propio. Sólo por una vez quiso prolongar la vejez de aquella noche. Sólo por una vez agradeció que no llevara ropa interior roja, ni negra, ni blanca, ni de color alguno. Sólo por una vez notó que daba la campanada. Sólo por una vez decidió olvidarse del tiempo…

lunes, 23 de diciembre de 2013

SIEMPRE EL TREN por Caronte




Restaban segundos, apenas  un minuto, para que el tren pusiera en marcha su alta velocidad cuando logré subir al primer vagón que encontré abierto.  Mi corazón latía desbocado y la posibilidad de perder ese tren y su posterior conexión había provocado en mí una alteración poco usual.
Una vez instalada la maleta en su lugar pertinente, me adentré en el vagón que sin ser el que tenía asignado iba a ser mi refugio durante el viaje. En los primeros asientos viajaba un chico joven absorto en su tablet y con los auriculares puestos, en el final del vagón un señor de unos 50 años leía uno de esos periódicos salmón de economía por lo que opté por ocupar un asiento de la zona central.
Al cabo de unos 10 minutos y cuando el latir de mi corazón volvía a niveles razonables, se abrió la puerta del vagón dejando a la vista la silueta de una señora elegantemente vestida subida en unos tacones de vértigo que iba tirando de un pequeño trolley.
Caminó decidida, segura, marcando firme cada paso y haciendo del pasillo central la mejor de las pasarelas. Una vez llegó a mi altura observó el indicador del número del asiento y pregunté si era el suyo. Tras comprobar su billete, levantó su mirada y clavando sus ojos en los míos  respondió que no, que no lo era pero que si no me importaba que me sentara en el asiento  contiguo. Un por supuesto que no sirvió de contraseña para abrir las puertas del cielo.
Tomó asiento y el hasta entonces más que entretenido libro que tenía entre mis manos se convirtió en un conjunto de páginas en blanco, mi mente era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en las piernas de esa mujer que su ceñida falda negra presentaba sinuosas.
El primer contacto no se hizo esperar, su pie izquierdo acarició mi empeine derecho en varias ocasiones como preámbulo a que mi mano diestra comenzara a palpar sus muslos.
Mis dedos comenzaron a jugar por el interior de sus piernas cuando ella alzó su pelvis para facilitar que su estrecha falda pudiera ser remangada y así aumentar el margen de maniobra.
Cuando mis dedos fueron aproximándose suaves pero decididos a su ingle, clavó su tacón en mi pie a la vez que sus dientes se mordían sus frondosos y rojos labios.
Continuará …

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CUMPLEAÑOS FELIZ



“Piensa un deseo” me ha dicho la nueva novia de papá mientras yo cierro los ojos y me dispongo a soplar las velas de la tarta. Un instante en el que me imagino tocando esos círculos perfectos, generosos como sus caderas, sonrosados como sus labios; palpando el centro de esos dulces y bamboleantes manjares que rebosan por su escote, lamiendo la blancura de su piel y paladeando y hasta mordisqueando ese rojizo y placentero manjar, principio y fin de mis más profundos deseos…
Y ha sido ella, precisamente ella, la que ha preguntado al repartir la tarta:
- ¿A quién le gusta la guinda en la porción de tarta?

domingo, 15 de diciembre de 2013

ALMENDRAS por Braille


Yo quería mirar el mundo con sus ojos de almendra. Pero eso era imposible. Esos ojos peligrosos como la miel, dulces como el color de las aguas que duermen en los estanques. Yo quería mirar el mundo con sus ojos, pero no sabía cómo hacerlo. Hasta que ella me cubrió los míos con una venda. Me quedé de pie en medio de aquella habitación sin muebles. Todo estaba desnudo a mi alrededor. Sentí cómo caía su ropa. Podía oler su piel. Me puso en mi mano un bote de cristal tibio. Lo abrí. Su aroma me llegó como una punzada de primavera anticipada. Derramé un poco de aquel aceite de almendras en mi mano. Y escuché su voz de terciopelo húmedo:

-Ahora vas a verme con los ojos de la almendra...

Me acerqué y empecé a verla con las yemas de mis dedos. Las piernas infinitas como uno beso que se prolonga en el gemido del éxtasis. Los muslos de carne y de mármol. Me sentí Plutón y me sentí Bernini. Estreché su cintura de nieve ardiente, me recreé en el tiempo que se queda entre los paréntesis de sus caderas. Los pechos se acomodaron a las palmas de mis manos, que entonces ya eran puro aceite. Modelé el barro fresco de tu talle, la arcilla de su cintura, la cerámica del cuello. Bajé al delta del pubis y subí al cielo de sus mejillas.

Cuando me quitó la venda, no pude abrir los ojos. No quería. La estaba viendo por dentro. Ella se arrodilló y cerró los ojos para aliviar la tensión que se acumulaba entre mis ingles. Lo demás fue oscuridad y deseo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

DILEMA



Nunca pensé que la broma llegaría tan lejos. Ni que fuera tan satisfactoria. Hace ya algunas semanas empecé a enviar mensajes por correo electrónico a mi mujer haciéndome pasar por otro. Al principio me ignoró. Luego comenzó a contestar. Pronto pasó de la más absoluta indiferencia a un interés que se fue acentuando conforme avanzaban mis propuestas. Mi falso yo proponía y ella cumplía con el yo verdadero. Cuando se disfrazó de cortesana dieciochesca me di cuenta de que había caído, nunca mejor dicho, en mi red. Poseerla sobre la descalzadora del dormitorio sin que se quitara el corsé fue una experiencia que no olvidaré. Menos aún su petición de que la sodomizara en la cocina mientras terminaba de cocinar, apenas vestida con una camiseta, un escueto delantal y una ausente ropa interior. La verdad es que la veo feliz e ilusionada. Hasta atrevida. Y yo no sé si soy yo o mi otro yo. Si anoche se atrevió a deslizar sus manos bajo la ropa de camilla, meter sus manos en mi entrepierna y llevarme a los cielos mientras veíamos la telenovela junto a mi suegra, es señal de que se va a atrever a todo. Conmigo o con el otro, que ya no sé quién soy.
Lo tengo decidido. Tengo que ubicarme. Esta noche le propondré que hagamos un trío con su esposo…

viernes, 6 de diciembre de 2013

NULIDAD MATRIMONIAL



Mi boda fue realmente bonita. La preparé a conciencia. Papá contribuyó blanqueando buena parte de su capital. Un traje de ensueño en un lugar de ensueño. Delicados encajes blancos acariciaban mis pechos mientras el suave satén blanco apenas cubría la delicada actuación que en mi vello púbico realizó aquel maravilloso salón de estética. Flores blancas en la iglesia, ceremonia inmaculada y blancos pétalos acompañaron la salida.

Sobre los níveos manteles del convite se degustaron blancos espumosos, se mostraron las más nacaradas sonrisas y se profirieron los más limpios brindis y promesas. Blanco de todas las miradas fue el hermano de mi recién estrenado esposo, joven musculoso al que unas blancas canas aumentaban su atracción entre las invitadas. Tras la velada y tras una animada noche en blanco, yo sí que fui el blanco de todas las miradas al ausentarme con mi estrenado cuñado en los impolutos servicios del hotel de lujo. Allí pude notar, y hasta degustar, que bajo sus bóxers blancos se escondía el dotado manantial del más blanco y cremoso de los fluidos. Nunca debí dejar que la escena fuera blanco del objetivo del fotógrafo oficial de mi boda.

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL INTRUSO



Doce largos años de matrimonio para acabar sintiéndome como un extraño en mi propia habitación. Al muro invisible de sus respuestas habituales, me duele la cabeza, es tarde, no tengo ganas, quita esa mano de ahí… se ha unido, desde hace ya tiempo, una presencia ciertamente incómoda, al menos para mí.
La ceremonia, casi como una liturgia, se repite noche tras noche. Ella se desnuda de espaldas a mí, ocultando las maniobras de aproximación, tanteo y actuación que realiza en torno a la mesilla de noche que nos regaló su santa madre que en gloria esté. Paradojas de la vida. Me sigue mostrando su espalda desnuda, se tumba, se introduce sigilosamente en la cama y lanza al aire un gélido “buenas noches cariño” en el que creo intuir el carácter prescindible del último adjetivo, quizás, todas las noches lo pienso, codirigido a mi persona. Aquí suele comenzar, sin solución de continuidad, mi sensación de extrañeza. Soy un extranjero en mi propia cama. Noto que vuelve, noche tras noche, ese intruso que la hace relajarse inicialmente, que eleva su temperatura, que la estira y la contrae, que la convulsiona y la tranquiliza y que, nadie lo diría conociéndola, le hace susurrar palabras y expresiones malsonantes que ellas jamás usaría. Al jadeo final sigue, no falta a su cita, un silencio que hace estremecer mis oídos durante un tiempo casi eterno. Llego a pensar que ha muerto. Pero vive. Respira. Se suele levantar al cuarto de baño mientras noto la unión de la frialdad de la habitación con la fría humedad que queda en las sábanas.
Hoy ha iniciado la liturgia como un día más. Oscuridad. Espalda. Desnudez. Despedida. Entre las sábanas, su cuerpo se convierte en un signo de interrogación que no entiende la situación: hoy no hay subida de temperatura, ni convulsiones, ni contracciones, ni palabras malsonantes. Si acaso alguna exclamación. Un silencio, cargado de dudas, sí ha aparecido. La visita al cuarto de baño se ha repetido. En la cama no hay rastro alguno de humedades pasadas. Vivir, vive, aunque lamenta la ausencia del maldito intruso…
Yo celebro haberle quitado las pilas…

domingo, 1 de diciembre de 2013

SUEÑO EN VERDE por P. Hersán



Despertó de un sueño profundo y febril. Telarañas de fuego en sus ojos de color albahaca. Había soñado que se arrodillaba ante aquel hombre que la poseía de noche en su cama, a oscuras, mientras su esposo dormía, sin más presencia que la evocación de su nombre. Todo estaba delimitado por la frontera insalvable de la fantasía. Había soñado que se arrodillaba con la boca abierta, que sus labios probaban aquel fruto durísimo y caliente. Lo había degustado con la lengua callada, con el aliento encendido. Hasta que se derramó en su boca la luna que lucía sobre las sombras de aquel parque a oscuras. Un parque inexistente, figurado, imaginado en la fiebre de aquella madrugada fría como las embestidas blandas que servían para cumplir el débito conyugal. Al salir de la ducha, la voz de la muchacha que se encargaba de la limpieza.

-Señora, ¿qué hago con este pantalón? No creo que metiéndolo en la lavadora se vayan estas manchas verdes...

martes, 19 de noviembre de 2013

MERCADONNA por Esteban Plaza de Armas



Iván estaba desnudo y recostado contra el cabecero de la cama. La almohada le hacía de respaldo mientras, entre las volutas de humo de un Gitanes sin boquilla que ella le había encendido, observaba la lenta ceremonia de la hembra vistiéndose. Poco a poco, la mujer madura y salvaje que había estado entre sus brazos en aquella impersonal habitación de hotel de carretera, se iba reconstruyendo como esa elegante dama a quien la buena sociedad sevillana apreciaba por sus muchas y caritativas virtudes.
La seda labrada de encajes de una minúscula braguita se adaptaba como un tatuaje a sus nalgas endurecidas en el gimnasio. Con escrupulosa parsimonia, desenrollaba a lo largo de aquellas interminables piernas la piel de sus finas medias de importación. Piernas que minutos antes se habían ofrecido cual compás abierto en una trifulca obscena de sudores, flujos y salivas
El aroma amargo del cigarrillo se confundía en el paladar de Iván Sánchez con la fragancia de la piel y el sabor genital de la señora que tenía encandilados a los sectores más elitistas e influyentes de la ciudad.
-¿Por qué hace esto? Susurró el joven amante, después de exhalar la última calada del cigarrillo hacia el techo y deslizarse de nuevo sobre la cama en una actitud procaz más propia de un rufián de barrio que del camarero del exclusivo club social en el que trabajaba.
La dama no respondió. Se colocaba el sujetador del revés sobre el fino y liso vientre para en un gesto tan rápido como preciso girarlo sobre su cintura hasta dejar las copas sobre los senos aún firmes pese a sus 50 años recién cumplidos.
-¿Por qué lo hace? Insistió el joven.
La señora ya estaba vestida y sobre las agujas de los tacones de terciopelo negro se colocaba frente al sencillo espejo del hotel unos pendientes que su marido le había regalado días antes en la concurrida fiesta de su aniversario de bodas.
Ella respondió al joven reflejado en el espejo, con la negra melena -como hebras de grafito-  ladeada, buscando con sus dedos tallados durante largas sesiones de manicura, engarzar el orificio del lóbulo de su oreja:
-Querido,  es la diferencia entre comprar fruta en el supermercado o saltar el cercado de una finca y robarla. La emoción del riesgo y el morbo por transgredir lo prohibido.
“Comprar fruta o robar fruta”, pensó el joven amante mientras contemplaba con admiración la elegante y distinguida figura de aquella mujer que apenas sin conocerlo se había entregado a un festejo de sexo lúbrico, salvaje y sin limitaciones.

Aturdido pero orgulloso de haber dado satisfacción a los más oscuros instintos que ella le había sugerido entre jadeos, mordiscos y besos oscuros; el joven camarero que unas horas antes servía té con limón en el círculo de beneficencia al que pertenecía aquella imponente hembra, repreguntó con tono titubeante:
-¿Cuándo... la volveré... a ver?
La señora frente al espejo apretaba sus labios recién pintados, uno contra el otro, sin dirigir la mirada de sus ojos tan verdes como el primer aceite del año hacia el atractivo sirviente que yacía vigorosamente desnudo sobre el desorden de sábanas de aquella habitación alquilada por horas.
Finalmente, mientras cerraba su bolso le dirigió una gélida, distante y casi despectiva mirada y con apenas media sonrisa descolgada sobre su boca le dijo silabeando lánguidamente:
-Cielo, se te acaba de poner carita de plátano de Mercadona.
Alejándose por el pasillo, la firme secuencia del sonido de sus tacones se apagaba a sus oídos y el amante casual empezó a tener la certeza de que nunca volvería a estar con aquella mujer.

domingo, 17 de noviembre de 2013

REBAJAS

Cinco por el precio de una, proclamaba el rótulo luminoso del presunto hotelito al pie de la carretera...
Cinco por el precio de uno, me prometía  cada una de las chicas conforme se iban despojando de su ropa interior al pie de la cama...
Cinco lobitas tenía la loba, me susurraba la fogosa lobita con pinta de zorrita...
Cinco veces cinco llegué a decirle a la más culona del quinteto para que mi verga indagara en la oscura profundidad de su postrimería con rima consonante...
Cinco veces me vuelven a recordar esta historia y cinco veces, cinco, vuelvo a renegar de las presuntas ventajas del tiempo de las rebajas...

miércoles, 6 de noviembre de 2013

REENCUENTRO

(Ilustración de Raquel Suero.  https://www.facebook.com/HuellasAPincel )

No recuerdo, o sí, si me había llegado el estúpido tiempo de eso que llaman edad de ser mujer. Quizás se habían aureolado mis pechos de una dureza inexplicable y apuntaban un volumen de curvas que se prolongaba por unas escuálidas caderas centradas por un incipiente triángulo de minúsculo vello. Maldita pubertad, o lo que fuera. No saber si se era ni si se quería ser. Él no. El parecía otra cosa. Sabía, o no, lo que era y parecía tener claro lo que quería ser. Mi compañero de pupitre se sabía lo que era: el tío más guapo de la clase. Quizás el más insolente. No recuerdo, o sí, si al pasar lista estaba inmediatamente delante o detrás, aunque no puedo olvidar sus respuestas musitadas al vecindario femenino.
-Servidor. Presente.
Contestación oficial tras la que solía venir su susurro al viento.
- Hablo con mis manos. Pienso con el estómago. Amo con lo que me cuelga entre las…
Y el silencio que parecía envolver sus palabras nos hacía olvidarnos de sus apellidos para centrarnos en el posible final de aquella letanía susurrada a las entrepiernas de sus vecinas de clase. No recuerdo, o sí, sus apellidos. Sí su apodo. El de unas tontas niñas que llamaban Barbazul al chico más estúpidamente guapo de la clase.
Alguien me contó que el tiempo todo lo pasa y todo lo muda. Es posible que así sea. O no. Eso me entretenía en pensar cuando me lo encontré, muchos años por medio, en aquel tugurio nocturno. Las copas igualaron nuestras diferencias, eliminaron las insalvables distancias y borraron cualquier rastro del pudor que yo creía conservar. Vamos, que acabó en mi casa. Miento, en mi habitación. Seamos sinceros: en mi cama. Su destreza mientras me quitaba el sujetador al tiempo que introducía sus dedos en mi sexo me hizo recordar el estúpido apodo de la juventud. Que ya soy mujer es algo que le debió quedar bien claro cuando hice lo propio con aquel secreto susurro colgante con el que soñábamos ser amadas. Me he situado sobre él y no he podido, o no he querido, recordar su nombre. Follándomelo, con la sobrecarga de placer del tiempo perdido, lo he llamado por su apellido. Cómo iba a olvidarlo. Ya si sé que lo quiero delante y también detrás…
- Cómo me pone que me llames por el apellido, muñeca…
Siempre fue un estúpido. Siempre se creyó muy hombre. Siempre se quiso merecedor de su famoso apodo…
Exhausto y sudoroso parece haberse dormido después de haber compartido tanto placer. Parece otro. Eso pienso mientras recorro los músculos de su cuerpo con mis dedos. Detengo el paso bajo entre sus ingles y me centro en la relajación de aquel susurro de pupitre de entrepierna. No digáis los nombres que los nombres se olvidan. Ahora soy yo la que puedo hablar con mis manos. Ahora soy yo la que tengo el pelo teñido de azul…


domingo, 27 de octubre de 2013

DESNUDO SAGRADO por C.



Al  ver estos días pasados  unos cuerpos desnudos y gratuitos al aire, no salí de mi asombro máxime cuando algunos alababan  lo bien que estaban dichas señoras, fue  contemplarlos y asaltarme en mi cabeza un flash que me recordaba a mi dulce Carolina,  e inevitablemente entrar en una lujuriosa comparación porque para desnudo sagrado el suyo, entregado sólo al mejor amante, sensualidad sagrada con la que golpea no excediéndose en su cercanía nada más que lo justo como para volver loco a cualquier hombre, desnudo sagrado con el que  sabe hacer arder a cualquiera,  desnudo sagrado con el   que posee lo que le interesa, desnudo sagrado  y terso como tela esparcida, desnudo sagrado recompuesto sólo con una melena, desnudo sagrado que hace que yo inevitablemente  me desnude al recordarla, desnudo sagrado con el  que detiene el cielo que ella desee y sabe que está a sus pies. Ahora ya, podéis tener una idea de lo que puede ser venerado  y sagrado.

sábado, 26 de octubre de 2013

LA TORTURADORA por Humberto G.



-...como mi novio, que siempre me decía: “Te la voy a meter hasta el fondo”
Me lo dijo después de un silencio en la conversación. O no sé cuando porque ya no recuerdo más que la frase. Eso sí, me acuerdo de que me dijo semejante cosa sin venir a cuento. Yo me quedé de piedra ante la espartana, sincera y clara aseveración con intenciones de su novio. Y también me pregunté si no era frase prestada ya que la joven no me parecía que lo hubiera tenido.
- Eres el demonio
Lo que sí tenía y eran muy suyos eran unas aureolas minúsculas del tamaño de los de un hombre, que no había visto yo unos iguales, pero de mujer en el color, rosa claro. El pezón: como una alubia. No sé que día de los que salimos juntos empezó a dejarme ver sus senos blancos adornados con su pequeña aureola rosa. Horas enteras que duraban instantes, arrebatados ambos en ese abrazo y yo queriendo comunicarme con sus senos en secreto, acercándole a ellos mis labios para que se enteraran bien, en silencio sólo rotos por respiraciones, cambios de posturas y algo así como sorbos mal dados. Horas de ensimismamiento, embriagadoras, dedicadas plenamente al hedonismo, al placer de acariciar yo sus senos y  ella mi cabeza. Supongo que ella me acariciaba la cabeza por no quedarse quieta.
Del tiempo que pasamos juntos a partir de aquel día indefinido tengo sólo el recuerdo de la libertad que me daba de cintura para arriba y lo rápido que pasaba ese momento y por supuesto, del último día que la vi. Ese último día en que no creí en su frase la de su novio,  por su voz pueril y por cosas que me había dicho antes.
-Si te hubieras enrollado con una de mis amigas ya habrías obtenido lo que quieres.
Lo que quiso fue sorprenderme con aquella frase. Y lo hizo. Por su contundencia. Y esa última noche, la de la frase contundente, se colocó encima mía. Sin la parte de arriba pero con la de abajo: unos vaqueros elásticos. Y me besaba y decía: “Qué me gustas” y lo del demonio. Poco a poco, como ella era pequeña y yo tenía los brazos muy largos, empezando desde donde mis manos se colocaron azarosamente en un primer momento: el talle, fui deslizando mi mano por entre el pantalón vaquero, y fui adentrándome por la raja de las nalgas, más caliente cuanto más lejos. Con los ojos cerrados, a ciegas, se imagina distinto lo que se toca. No puedo explicarlo. Daba igual, casi mejor. Iba notando el calor fluyendo de aquella gruta que sólo podía imaginar. Se me alargaba el brazo y ella se encogía, de modo que sólo con la punta de lo dedos  pude darme cuenta de que en esa zona más caliente mis dedos se mojaban levemente en un charco que denotaba que no era yo el único que estaba así. Ella besaba con más fuerza entonces y, como en un potro del medievo, se alargaba mi cuello por su empuje y mis brazos por el mío, en cada esfuerzo un poco más y ella se tensaba y alargaba contracorriente, y me dolían los brazos... y conseguía llegar un poco más lejos, ya se mojaban mis dedos con una abundancia que me esperanzó la entrega cuando...
-Ya está
Y se levantó de un salto como una gimnasta. Nunca la vi tan guapa como cuando se colocó su camisa y esa imagen quedó unida a la de ella en mi recuerdo junto con el sentimiento que me embargó allí acostado, dolorido, frustrado, y melancólico, un sentimiento que sólo puedo describir como de indeterminación.
Esos días que duró aquello, que no puedo calificar, supusieron un dolor físico que tardó tiempo en reponerse y además, un desgaste mental. Todo ello una tortura que me convirtió a mi en otro hombre y a ella, en mi recuerdo, en una torturadora.

sábado, 19 de octubre de 2013

Pelvis Presley por H.L.




Nunca me había gustado la música de ese tipo. Siempre lo vi un hortera. Hasta que él llegó aquella tarde de verano. Se había peinado el tupé de una forma distinta. Se había vestido de una manera inusual. Parecía otro, pero era él. Me desnudó y se perdió entre mis muslos. Sus movimientos circulares me volvieron loca. Pero eso no fue lo mejor. Me cubrió con su cuerpo encendido. Hasta el fondo. Entonces empezó a girar. No entraba ni salía. Giraba suavemente. Círculos alrededor de mi centro femenino. Me apretaba hasta el límite. Y yo me dejaba hacer. Sonaba la música de aquel hortera, que ya no me lo parecía. Aquella pelvis masculina me llevó a la locura varias veces. Desde entonces ya no escucho a Pablo Alborán. Lo mío es el rock. Pelvis Presley...

sábado, 5 de octubre de 2013

LA DRAGONA por Humberto G.



  


  Para cuando introdujo la yema de mis dedos índice y medio en su boca, había pasado suficiente tiempo como para que la savia caliente que emanara de ella misma como de un manantial, pasara de confundirse inicialmente con un gel a volverse líquido; un líquido, tan leve, que los dedos parecían secos casi al momento de sacarlos. Así que no había tiempo que perder y el trayecto hasta la boca debía hacerse rápidamente. Ya esperaban los labios entreabiertos, el jadeo traía el aliento de las profundidades de la mujer. Casi podía verse la llamarada cautivadora saliendo de su boca, como la de una dragona arrodillada que empieza a cerrar los ojos. 

  Unos momentos antes, en sus manos colocadas abiertas en los muslos había un algo de no saber que hacer con ellas mientras le están haciendo; como si, acostumbradas a hacer por ellas mismas (las manos) ahora, al dejar el trabajo en otra (mano) no supieran, ya digo, donde colocarse.

  La Dragona se convierte en serpiente por un momento y se contonea arriba y abajo y el vientre se pliega y se tensan sus brazos, los ojos medio cerrados se cierran del todo y de la boca entreabierta sigue saliendo fuego o veneno, más abrasador, más visible, más vital porque es vida lo que emana, es mujer en forma de aliento. En la indecisión de si es la última llamarada, se olvida uno de dejar de agitar los dedos y ella me ayuda abriendo los ojos, relajando al fin los músculos de su vientre, irguiéndose, sentándose sobre sus talones y a la vez agarrando mi muñeca...

Espera

Llevándose la yema de mis dedos índice y medio a la nariz lentamente y luego a los labios. Olfatea primero y luego lame con indiferencia, con agradecimiento, mirándome fijamente. Así saborea el celo propio, de mujer, la sabia del árbol, el veneno de la serpiente, la esencia de la dragona.

domingo, 22 de septiembre de 2013

TRÍO MORTAL



Su cuerpo yacía totalmente desnudo, en una integridad cuya calificación parecía responder a un eslogan publicitario de blandas revistas pornográficas para caballeros bienpensantes. Sus ojos se perdían en un infinito apenas consolado por el recuerdo del placer vivido. Infinita era su quietud, una eterna línea curva sobre las sábanas contritas marcada por la elegancia de sus caderas y la relajación de unos pechos que confesaban haber vivido unas durezas casi inconfesables. Arrugas de seda surgían de una mano aferrada a la vida que sobrevivía en el rojo de sus uñas o a la humedad que mantenía la otra mano sobre el calor descendente de su pubis. El rojo de sus labios se batía en retirada ante la frialdad triunfante. El marfil de sus dientes parecía expandirse por su rostro. El frío de la noche acompañaba la escena. Las sombras de la habitación hacían enmudecer el recuerdo de jadeos suplicantes y de secreciones incontrolables. Yacía su cuerpo desnudo y ya nada era igual. Se cerraban sus ojos y se cerraba su sexo, se dormían sus deseos y se dormía hasta el instante. Y ya nada era igual. Y ya no gemían gargantas, paredes, ni sábanas. Y ya no pedían más. Y ya no había alma en un cuerpo hecho para el placer. O sexo, o nada. Alma desnuda, ya sin sentido, desnuda a los pies de la cama desnuda de la desnuda habitación…
- Colega, vámonos de aquí. Va a ser verdad eso que dijo de que se moría de gusto…  

lunes, 16 de septiembre de 2013

LA TERAPIA por María José Durán




Ahora que las frías noches de soledad ya pasaron y el sol le devolvía la sonrisa, se dio cuenta de que había recuperado la imaginación, los recuerdos y, sobre todo: las ganas de correrse.
Las memorias que fueron de dos, y que ahora eran para ella sola ya no la transportaban a ese pozo de incertidumbres, qué será, qué seré. Y para confirmarlo no se le ocurría mejor idea que masturbarse sobre ellas. Aquella vez en el ascensor, la escalera de incendios o el glorioso día que fue sin bragas por la calle durante horas le hacían las veces de fantasía sexual ya cerrada.

Había probado terapias carísimas, procesionado por un sinfín de camas que no la habían satisfecho, incluso había practicado la abstención voluntaria y nada le había devuelto la capacidad de dejarse llevar por el placer al más alto nivel. Exhausta de sexo sin sexo y de fingir orgasmos se entregó de nuevo al viejo amigo porno. Probó, una por una, las nuevas recetas que ofrece hoy internet: Gangbangs, dos negras y un blanco, lesbianas, sadomasoquistas... Y ninguna de esas exhibiciones de sexo aeróbico pudo contener que sus impulsos sexuales fueran cada vez más efímeros (e incontrolables).

Después empezó el ir y venir de juguetes eróticos. Desde las inocentes bolas chinas que castañeteaban en su interior hasta un dildo doble de color turquesa que se le enganchó al ojo y en el que se dejó la paga de una semana. Y nada, no se corría.

Transcurrió un tiempo indeterminado, semanas, meses o años, pero ya no se acordaba cuál había sido su último orgasmo verdadero. Llegó un día en que se encontró con uno de aquellos deseos irrefrenables, fuera de casa y sin acceso a internet. Ni una rayita de wifi, ni siquiera una conexión cerca que piratear. Pero la idea de ocupar aquel rato con un poco de sexo cóncavo cobraba fuerza en su cerebro.

Lejos de todos los engranajes que tenían que acelerar el proceso calentura-orgasmo, se tumbó en aquel jubón y sin saber muy bien qué hacer, aún vestida, se dejó llevar. Le pareció un simple juego, este es mi monte clitoriano, por aquí anda el pezón izquierdo, y aquella vez en el ascensor y la escalera de incendios, y aquel morenazo del que no pudo disfrutar cuando su mente se hallaba en otros quehaceres.

No recordaba aquel juego tan divertido, y pensó que muchos podrían aprender de aquella maña si querían hacer que se corriese. Se imaginó al morenazo, ese que se le había escapado vivo, a menos de un metro de ella, observando atento cada uno de sus movimientos, jaleándola acaso, para repetirlos él mismo en cuanto tuviese oportunidad. Y aquel pensamiento derritió su tan traída y llevada libido e hizo explosionar el pozo que albergaba dentro de sí. Llegó al orgasmo con tanta felicidad como lo hubiera hecho antaño.

martes, 10 de septiembre de 2013

EPIFANÍA



El tatuaje de aquellas estrellas juguetonas en sus ingles hizo que se portaran como reyes todos lo que adoraron su sexo…

viernes, 6 de septiembre de 2013

LOS DÍAS PUTAS por Alejandro Lérida




Está lloviendo. Es lunes. Pero da gusto ver salir su pelo del zaguán —color rojo Ferrari—, y sus durísimas piernas o anacondas que no fingen ni disimulan que son dos obras de arte —como los obeliscos egipcios— de una pieza, de recias redes negras, igual que dos infiernos. Pero qué gusto da verla arreglarse la falda contra el mundo, o el hueco de su escote, ese regalo humilde, abandonado, que pintó entre sus tetas Gustav Klimt, y la debilidad de sus pestañas en un retrovisor: por un momento, parece que me mira… Está lloviendo. Es lunes. Pero da gusto ver cómo se aleja esa imagen borrosa de mujer bajo el agua, una mujer que, como Ulises, quiero llamarla Nadie.

martes, 3 de septiembre de 2013

EL APÉNDICE por Manuel Melado




Parte de mis propios genes
un apéndice brutal,
digamos descomunal
conocido como pene.

Tanto peso no conviene
a mi endeble anatomía,
tira de mi cada día
entre tumbos y vaivenes.

Mi cuerpo que lo sostiene
se encorrva cada vez mas,
y está a punto de estallar
el pernil que lo contiene.

Me dan como solución
para evitar tanto peso,
a este pedazo de ciezo
que le corte el cabezón.

Sin dudarlo me operé
fue el miembro decapitado,
me estiré y desencorvado
jubilosos suspiré.

Ya no doy ningún traspiés
pero estoy desconsolado,
mi mujer se ha separado
y se ha cagado en mis "mue".

Dice que la solución
pá salvar el matrimonio,
que solucione el incordio
injertando el cabezón.                              

martes, 27 de agosto de 2013

NO SÉ DEMASIADO por Alejandro Lérida




De Claudia apenas sé que su coño se abría contra las ordenanzas municipales, con la dosis necesaria de veneno; como el botín del mundo en las peores manos; como la realidad en cualquier callejón, más allá de las luces apagadas del coche, los cristales lluviosos…
De Claudia apenas sé que tiene nombre de un asteroide rojo o de un cráter de Venus (como si en ese nombre se mordiesen las letras unas a otras para darme el significado del deseo); que las grandes palabras ya solo pueden ser las palabras bien dichas: "saqueo", "muslo", "intersección"; depredadores dedos (¿en busca de un poema?), minúscula, anecdótica vagina en donde cabe todo un diccionario...
Con paso firme pisa el peligro que corro por dejar de ser yo para poder ser ella en toda la extensión de su desnudo…
Y en el preciso instante, yo soy todo lo bueno y malo que hay en todo. Y no me quiere menos de lo que llegaría a odiarme si me largo.

jueves, 22 de agosto de 2013

INESPERADAMENTE por Manuel Melado


Un tambor toca en mi pecho
con resquemores de fragua,
y cuchilladas de aliento

Tu presencia inesperada
ante los pies de mi lecho,
cambia el perfume en la alcoba
poniendo tibio el silencio.

El reloj de tus tacones
marcan tres segundos lentos,
con pausas de incertidumbre
por un me agrada y no quiero.

Tu sudor íntimo aroma
se desviste de tu cuerpo,
en prendas de tibia seda
sobre los pies de mi lecho.

Y cuando al rato pasamos
del gran suspiro al silencio,
quedó un rescoldo en la fragua
que se apagó con el sueño.