jueves, 28 de julio de 2011

ADORACIÓN MÍSTICA DEL AYUNTAMIENTO por Sor Virginia de la Pura Encarnación


¿Adónde os fuisteis amado mío? ¿Dónde os escondisteis que mi vista no os alcanza y me nubla los sentidos este vacío de vos? ¿Adónde os marchasteis sin procurarme más consuelo para esta llaga ardiente en los adentros que me dejasteis la primera vez?

Qué cauterio habrá para sanar esta herida carmesí que no sea vuestro vigor, qué remedio encontraré para apaciguar este fuego que me quema las entrañas y me hace taponar con los torpes dedos la rendija por la que el gozo se me derrama a cada instante fluyendo incontenible.

Venid a mí y llenaos de mí como yo me llenaré de vos, gozándonos en la oscura noche del alma huérfana. Tomadme de una vez y despojadme de hábitos, arrancadme los cilicios como si queréis arrancarme la piel a tiras, cabalgad sobre mis lomos, adueñaos de mi cuello, brincad sobre mis muslos do se consumen de ardor, libad el néctar de mis senos y llenadme hasta que quede ahíta como aquella vez primera. Yo yaceré junto a vos, dócil como una gacela que acude presta a beber de vuestro manantial inagotable, enhiesto surtidor que sacia la sed más profunda y aplaca el fuego más vivo. Me reclinaré a vuestro costado para incendiaros con esta misma fiebre en la que peno los días y me consumen las noches y luego aguardaré impaciente vuestra arremetida como cordero conducido al matadero que venera la mano sabia del matarife que ha de ahondarle la herida por la que se desvive. Regocijémonos hasta que la alborada anuncie el nuevo día y esta llaga infinita que me corroe las entrañas haya encontrado en vos el socorro que procura.

Mirad que me tenéis desnuda y trémula, el alma en vilo porque os la di igual que el cuerpo. Vos rasgasteis el velo de mi templo la primera vez llenándome de un contento que nunca más he sentido. Qué me disteis que me turbasteis por entero, en qué jerga hablaba vuestra lengua lisonjera mientras acariciaba mis pechos hasta que los hicieron manar leche y miel, tierra prometida adonde me llevasteis a pacer, verde pradera de infinitas proporciones donde se consumó el tiempo. Qué fue lo que me hicisteis, amado mío, que tan herida me dejasteis sin consuelo posible, ni remedio de las hermanas que conmigo viven ni sosiego espiritual alguno, qué hondo me penetrasteis cuando tensasteis vuestro viril arco que disparó la flecha que me ha herido para siempre.

Disparad contra esta humilde sierva las lanzas que por mí se enhiestan, hincad la pica do más lejos llegue y adueñaos de esta plaza que a vos y a nadie más se rinde, suplicante y húmeda bajo la lluvia dorada de Dánae.

lunes, 25 de julio de 2011

DE PERFIL

Cada vez tengo más claro que hice bien en no despedirme, ni en insinuar siquiera mi marcha. Fue lo mejor. A la francesa, que lo llaman. Desde aquel día se extendió una especie de leyenda humana sobre mí y, muy especialmente, sobre mi supuesta potencia sexual. Sinceramente, no entiendo el motivo. Quizás ayudaría mi foto. Quizás, la obligada ausencia de mis comentarios o, quién sabe, que jamás aceptara públicamente las cosas que me gustaban, que llegaron a ser muchas. Ya lo dicen algunos, que la indiferencia es el mayor de los morbos y de los alicientes…

La cuestión es que, desde el día de mi obligado silencio, aumentaron notablemente las visitas. Algunas dejaban ingenuos regalos envueltos en fantasiosos lacitos decorados con corazones. Otras me invitaban a variados jueguecitos a los que, faltaría más, nunca me prestaba, que no tiene uno edad, ni posición, ni estado para que lo anden puntuando, o para que lo coloquen en un ranking comparativo… Las más atrevidas optaban por lo privado. Al principio de palabra, de insinuación, de sugerencia, de propuesta…

Pero lo mejor llegó con las imágenes. Confieso que el primer cuerpo desnudo que contemplé erizó, si eso era posible, hasta el último vello de mi cuerpo. Luego llegaron otras. Un listado de amigas que parecía no tener fin. Una tras otra. Sin rubor, a estas alturas creo que sobra, puedo confesar que he visto los mejores cuerpos de la red: pechos masajeados para la foto, pezones enhiestos, manos anónimas tocando depilados pubis, caídas de braguitas y de minúsculos tangas, tatuajes coquetos y hasta ordinarieces cubriendo esculturales cuerpos… Pero nada comparable a las dichosas camaritas. Normalmente no les veo la cabeza, otro morbo añadido, pero el resto se desnuda para mí más pronto que tarde. Y será la leyenda, o el anonimato, pero siempre acaban tocándose y hasta metiéndose mil y un objetos que me ruboriza recordar. Confieso que también me avergüenza no responder, que ganas no me faltan muchas veces, pero lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible… No les queda más remedio que entenderme. Es culpa de mi estado. Debí borrar mi perfil de Facebook, el único lugar donde sigo vivo. Para todo lo demás, simplemente estoy muerto… Muerto de gusto.

sábado, 16 de julio de 2011

miércoles, 13 de julio de 2011

MADRUGÁ por Claudia Prócula

Cansada de tanto esperar en la Madrugá, estoy rodeada de un gran bullicio. Menos mal que una mano anónima entre mis ingles alivia mi espera.

lunes, 11 de julio de 2011

PARADA SOLICITADA

No hay más ciego que el que no quiere ver. Ya me lo decía mamá. Bien que lo comprendí en las últimas semanas, en una secuencia que me hizo olvidar el tiempo o que el tiempo se olvidara de mí, quién sabe… Era una escena repetida. Ella subía al metro en la parada siguiente a la mía. Propiedades inexplicables. Nadie parecía notarla. Yo era la afortunada excepción, el tuerto en el subterráneo país de los ciegos. Mejor, un Polifemo con ojo que todo lo ve. O lo intuye. Porque yo intuía que la realidad se hermanaba con mi deseo. Me explico. Bajos sus enigmáticas gafas de sol y su ceñida gabardina, yo notaba la desnudez de su cuerpo. Lo esencial acaba siendo invisible a los ojos… de los demás. Porque yo veía sus pechos turgentes, la curva de sus caderas, la infinitud de sus piernas y la generosidad de su culo. Una mujer anónima e invisible a los demás, anónimos pasajeros del tren de la ceguera que ignoraban la dureza de aquellos pezones, el contraste de aquella cintura o el recorte del vello púbico que concentraba toda mi atención. No hay más ciego que el que no quiere ver. Pero ella si me miraba a mí. Doy fe de ello. Creo que sus ojos negros eran capaces de desnudarme, quizás con tanta pasión como la mía. Una escena que se repetía día a día, siempre la misma estación, siempre el mismo vagón, siempre la misma mirada… Quizás el comienzo de mi locura.

Eso pensaba esta mañana cuando, una vez más, mi tantálica condena volvía a repetirse. La parada de siempre. La escena de siempre. Mucho más atrevida. Juro haberla visto despojarse de su eterna gabardina y haber mostrado al mundo su desnudez. Ni ropa interior, ni asomo alguno. Yo ya lo sabía. Pero no intuía lo que vino después. Con lenta parsimonia paseó sus manos por la interminable desnudez de su cuerpo. Se paró. Sin prisas. En su entrepierna. El rojo de sus uñas se mezcló con el calor de su interior. Caricias fundidas en rojo. Su sexo abierto al mundo. Escándalo en el metro que sólo yo podía evitar…

Con toda la sencillez del mundo fue la historia que conté a la policía. Los individuos que me pusieron la camisa blanca no me parecieron agentes del cuerpo. Nadie halló cuerpo del delito. La ceguera domina el mundo y yo quiero bajarme de él en la próxima estación. Los señores de blanco no me dejan pero yo insisto en irme. Me espera mi trabajo, mi jefe y un largo recorrido en metro…


viernes, 8 de julio de 2011

DEJÉ EN SU CUERPO TODOS MIS PECADOS por José Perona


Dejé en su cuerpo todos mis pecados,

mis sueños y mis aventuras prohibidas.

Horadé aquélla grieta y adoré aquél

océano rosa.

Como un arqueólogo que sueña con encontrar

su mayor tesoro, arrodillado caí sobre su monte,

que poco a poco iba coronando y destapando.

De los pechos blandísimos de espuma,

emergían dos pezones marrones de azúcar,

y más abajo, como el horizonte en una

tarde de invierno, tapizado en negro, sus genitales

ardían en mis manos como un amor adolescente,

y para apaciguarlo, lo extinguía gota a gota

desde arriba, sin agua, ni manguera, ni náufrago.

Aquí descansó mis sueños, el arqueólogo

y murieron las aventuras.

jueves, 7 de julio de 2011

PIMBALL

Papá está encantado con la nueva criada. Dice que sus juegos lo llevan a su más tierna infancia. Especialmente uno, muy ruidoso, de meter una bolita en un sitio muy difícil...

martes, 5 de julio de 2011

BESOS HÚMEDOS por Claudia Prócula


Mi amiga Clara es un cañón de mujer. Su pelo castaño, largo y voluminoso, sus piernas siempre visibles debido a su corta ropa, sus pechos asomados levemente con un breve pero eficaz escote…Clara es el sueño erótico de mis amigos, ellos me lo confiesan sin pudor.

Salir con ella es como volverse invisible, nadie me ve, acapara todas las miradas pero eso a mí no me importa porque la adoro, es buena niña. Cuando nos juntamos y nos ponemos al día de nuestras cosas, la complicidad fluye.

Hoy quería contarle algo que me había pasado recientemente: conocí a un hombre al que le tenía tantas ganas como miedo, miedo porque me gustaba y atraía de tal manera que me tenía loca.

Clara abría los ojos con cada detalle que le contaba, parecía que ella misma se iba contagiando de mi entusiasmo a medida que respondía a sus preguntas,…

- Sí, sí es muy guapo, ojos grandes y hermosos, canoso, sensible, divertido, interesante, sensual, derrama lujuria con cada gesto y un cuerpo…! a todo lo que le decía ella exhalaba Hummmmmm….le enseñé una foto que me hice con él en un evento y ella lo imitó, me cogió por la cintura pero en vez de mirar a la supuesta cámara se acercó a mi cara.

- ¿No te besó?

- Mujer, no era el momento ni el lugar, le dije.

- Yo te hubiera besado….dijo ella dándome un piquito.

Ella solía dármelos muy de vez en cuando…y yo, aunque me cortaba, no le daba importancia. Seguía con mi relato, iba a contarle mi primer beso con él pero la veía demasiado metida en la historia.

- Venga tía, ¿cómo fue? Ella seguía sin soltarme…

- Pues en plena calle, en pleno centro, casi entrando en Campana… al despedirnos falsamente porque en la despedida estaría el beso que lo iniciaría todo, primero un beso suave en la mejilla, y de pronto, como un poderoso imán un beso apasionado y frenético. Clara no lo dudó e imitó a mi deseado amante. Esta vez no fue un ‘piquito’ me besó por derecho. Nunca me había besado una mujer, era algo extraño y totalmente nuevo para mí. Su boca era suave, dulce y muy húmeda, parece una tontería, todas las bocas son húmedas, pero los besos de Clara los recuerdo húmedos, tremendamente húmedos.

- Qué ganas tenía de besarte, me dijo.

Yo estaba sorprendida de su reacción y, sobre todo, de la mía: me había encantado.

- Clara….Clara… no sé…..

Me selló los labios con otro beso, éste más acompasado, su lengua la sentía en mi interior y me daba un placer nuevo y desconcertante para mí. Me relajé, empecé a abrazarla.

No quise pensar que esto era una locura. Es mi amiga, no puede pasar nada malo, me convencí. Todo en ella es ternura, sus caricias me gustan, me calman. Desnudarme y quitarle la ropa es agradable. Dos mujeres abrazadas. Abrazadas y desnudas. ¿Hay algo malo en ello? Sus manos repasan mi cuerpo que se roza con el suyo. No paramos de sonreír, mi lengua dibuja sus pechos. No podía imaginar que pudiera ser tan agradable lamer y acariciar a una mujer y viceversa. Placer absoluto. Todo puede ocurrir un día si tienes la amiga adecuada.